Vivir y trabajar en un país en vías de desarrollo puede suponer un gran choque cultural; te encontrarás con muchos paisajes, olores y alimentos nuevos y te toparás con interesantes medios de transporte público… Aquí mostramos algunos pasajes de un email que Monique escribió a su casa cuando trabajaba como voluntaria en La Paz, Bolivia.
“Estaba agotada tras un vuelo de 25 horas pero olvidé el cansancio en cuanto llegamos a La Paz y nos pareció tomar altura para aterrizar… A casi 4000m de altura, el aeropuerto de El Alto es uno de los aeropuertos situados a más altitud del mundo. Las vistas me dejaron sin aliento, literalmente, pues me costaba muchísimo respirar tras poner mi equipaje en el carrito pero tenía tantas ganas de conocer a la familia que me acogería, que me esperaban en el aeropuerto con un gran cartel que decía "Bienvenida a Bolivia" y me dieron la bienvenida inmediatamente con abrazos, besos y sonrisas.
La altitud se hace notar y durante las primeras semanas incluso lavarme los dientes me dejaba sin aliento como si hubiera corrido un maratón. Por las mañanas incluso conversar era un suplicio y tenía que parar para retomar el aliento cada 3 frases. No fue de ayuda el hecho de que la ciudad está situada en un cañón y cada calle parece ser una ascendida de 100m… Ay, el dolor…
El trabajo de voluntariado ha sido fantástico; he estado trabajando con niños de la calle creando música, teatro, arte y manualidades; vamos por toda la ciudad y realizamos actividades de creatividad y expresión. Cada dos semanas viajamos a una aldea para llevar a cabo actividades similares, y ha sido absolutamente increíble. La semana pasada tuve un grupo de 24 niños de entre 1 y 7 años con los que pinté joyería hecha de pasta y objetos de plástico. Fue muy divertido y los niños encuentran mi nivel básico de español muy gracioso.
Vivo en las afueras de la ciudad, así que tomo un microbús a la ciudad todos los días. Esos buses, junto con los taxis, forman el 90% de los vehículos en las carreteras. Van por las esquinas con un niño colgando por la ventana y anunciando a gritos los destinos, pues no hay mucha gente que sepa leer los nombres de los lugares escritos a mano en las ventanas. Tienes que pararlo y subirte y para decirle al conductor dónde quieres bajarte sólo tienes que decir “¡Voy a bajar!”. Es un servicio de puerta a puerta por tan sólo 15p, ¡Insuperable!
La ciudad tiene mucho encanto y las vistas son alucinantes, los Andes cubiertos de nieve, montañas increíbles, las mujeres Chola con sus trajes tradicionales y todas las mujeres llevan a sus bebés, animales, comida etc. en unas telas coloridas típicas de Sudamérica a la espalda. Todo esto me encanta y he sido muy afortunada al poder haber disfrutado de los lugares, olores y situaciones sin haberme enfrentado con robos, parásitos, sanguijuelas y salmonela. ¡Toco madera!
La otra noche estaba esperando a unos amigos en la Plaza en la que hago talleres cada dos fines de semana y muchos niños de la calle me reconocieron, me saludaron, me cogieron por todas partes y no me dejaron ir; me decían "Hola señorita, ¿cuándo pintamos otra vez? Señorita, ¿se acuerda de que jugó a la pelota conmigo?” Son momentos como éste los que te proporcionan esos sentimientos que hacen que te sientas genial aquí…”
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